(ES) Cuando el dirigente se obstina, la empresa se agota

Sostener un principio es admirable. Sostener un dogma es peligroso.

Existe una línea tan fina como la seda que separa la lealtad a un principio
de la obsesión por un dogma.

Nadie te lo enseña.
Te celebran cuando eres firme.
Cuando no cedes.
Cuando mantienes tu palabra.

Pero olvidan advertirte que la misma fuerza que te hace triunfar
puede también destruirte.
Porque un principio, cuando se congela, se convierte en una prisión.

He visto esa trampa cerrarse decenas de veces.
En esa empresa, en 2022, la trampa se cerró.
Pocas veces tan brutalmente como en esta pyme científica que acompañé.

El CEO, brillante y apasionado, había impuesto un proceso de selección perfecto.
Estaba orgulloso de ello.
Incluso lo presentó en público como ejemplo de su nivel de exigencia.

Seis etapas, para todos.

1. Entrevista de RRHH

2. Entrevista con manager 1

3. Entrevista con manager 2

4. Entrevista con manager 3

5. Entrevista con manager 4

6. Validación final con el CEO

Tanto para un científico de datos de 140K como para un mozo de almacén: mismo túnel.

Al principio, nadie se atrevía a cuestionar.
Repetía:
“Es la única forma de garantizar la calidad.”
Y todos callaban.

Pero la máquina se atascó.
RRHH empezó a buscar atajos.
Los managers se frustraron.
Los candidatos se agotaron.

Un día, la reclutadora me habló.
Sin lágrimas,
solo esa voz quebrada de quien ya no se siente útil.

Me contó:
“Ayer, un mozo de almacén abandonó en la tercera entrevista.
Me dijo: ‘No soy intelectual.
Su proceso me dejó claro que no estoy a la altura.’”

Suspiró:
“Eso es falso.
Era perfecto para el puesto.
Bajó la mirada.
Pero lo perdimos.”

Me explicó cómo algunos managers,
cuando percibían el candidato favorito del CEO,
terminaban alineándose.
Como si ya no evaluaran,
solo confirmaran.

“Ya no me siento RRHH.
Me siento secretaria.”

Y la escuché decirlo sin temblar, como quien narra un accidente en cámara lenta.

Pensé en una amiga que prometió
no ser nunca tan dura como su padre,
severo y frío.

Así que dejó pasar todo.
Sin estructura,
sin sostén.

Su hijo, en cambio,
necesitaba límites.
Cada vez que ella marcaba uno,
él respiraba más tranquilo.

Pero ella no podía.
Proyectaba su propio miedo.
Y lo dejaba a la deriva.

Liderar también es esto:
no proyectar tus fantasmas sobre el escenario.

Porque la flexibilidad es la única forma de inteligencia
que nos ha permitido sobrevivir.

Un día animé un taller de tango argentino para directivos.
No para enseñarles a bailar,
sino a sentir.

En el tango,
no avanzas solo,
cada paso se negocia incluso en el momento.
Si empujas, rompes la danza.
Si fuerzas, pierdes la conexión.

Un líder es exactamente eso.
Alguien que ajusta sus pasos
al ritmo de su equipo.

Con ese CEO,
pacté:
“Conserva tu validación para los perfiles estratégicos.
Deja avanzar a los demás.”

Aceptó.
Pero sabía.

Sabía que era prisionero
de su propia imagen,
de las palabras que había lanzado demasiado alto.

Y eso suele ser lo más caro.

Semanas después,
aparecieron los motes:
“el circuito de obstáculos del CEO”.
Sonrisas tensas,
miradas incómodas.

Un dirigente que insiste en ganar todas las pequeñas batallas
acaba perdiendo la gran guerra:
la del alineamiento.

Y ese es el precio de tu terquedad.

Porque la verdadera victoria
es orientar cada aliento colectivo
hacia lo que realmente importa.

Si te niegas a improvisar,
acabarás enterrando
lo que querías salvar.

– Silent Guest
Un espejo de lo que sientes… pero que nadie se atreve a decir.

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